Skye Roan, escritora de romantasy sensual

Capítulo 1. Odio madrugar

La niebla de la costa envuelve a mi ciudad, Eureka, California, con ese halo opresivo y espeso que me espera cuando salga de casa. La humedad que nos rodea me produce esa sensación de aislamiento que, junto a los bosques y a mi malestar, me ponen de mal genio cada mañana. Después de una ducha corta, me arreglo en el baño. El espejo me devuelve la imagen de una sencilla chica, de una sencilla ciudad, copropietaria del Rubens café junto a mis hermanas Birdie y Mackenzie.

Ni me molesto en peinar el alborotado cabello ondulado, encrespado y oscuro, herencia en parte de mi madre o quizá de mi desconocido padre. Me pongo una goma suelta que hace de coleta, sobre todo para que no se expanda por el viento matutino y me tape la cara. Después, cojo el gorro y me lo planto como quien cubre las lechugas en invierno para que no se abran. Bajo las escaleras corriendo para caminar deprisa hasta nuestro café, a dos manzanas del bloque de pisos de cuatro alturas donde vivimos las tres con tío Ben. Esta semana me toca abrir y, aunque odio madrugar, no me queda otro remedio.

Saludo a la vecina chismosa que pasea a su perrito, una mezcla entre caniche y bichon que ella adora, aunque todo el mundo coincide que es muy feo y que su falta de pelo lo hacía siniestro, pero el rarito de él me ama, incluso hasta escaparse de su casa y seguirme al café. Ella lo sujeta de la correa y yo no me acerco, porque ya voy tarde.

Tuerzo por la avenida Wade, la calle donde viven los dichosos dueños de la ciudad y de la manada, y apresuro el paso. Casi llegando al café me tropiezo con Joe que me saca un pequeño suspiro de impaciencia.

Reconozco que me lo he tirado un par de veces y que es un licántropo de lo más atractivo. Alto, fornido y con una resistencia increíble en la cama, pero… no es mi tipo. Desde que nos acostamos, viene cada día a desayunar y me mira con ojos de corderito. ¿Desde cuándo los licos son tan blandos? Debía de ser la excepción. No es que no tuviera un buen revolcón, lo tiene y es un amante entregado, pero yo no quiero unirme a su familia. Él hasta desea cachorritos, algo que en su imaginación le ha dado por pensar que conmigo podría ser posible, aunque yo no sea como él.

—Holly, preciosa mañana —dice con una sonrisa tierna.

No quiero ser borde, o no tanto y lo saludo con brevedad para subir la persiana del local. Tampoco se atreve a ayudarme, lo intentó una vez y… para qué seguir. Todavía no son las siete de la mañana y a pesar del día frío y húmedo y con amenaza de tormenta, tengo varias personas esperando en la calle para desayunar.

Enseguida los dejo pasar y se van acomodando. Dejo todo detrás de la barra y enciendo la cafetera. Luego, las luces y la suave música que solemos poner, porque cuando empiezan a hablar en voz alta los licos, ya ni se escucha. Además, pasan muchos camioneros a primera hora. Tenemos una gasolinera muy cerca y un área donde pueden aparcar. Damos buenos desayunos a un precio razonable, y el boca a boca ha hecho que nuestro negocio no vaya mal, nos dé de comer y podamos ahorrar un poco. Aunque no sé si es suficiente para mí.

Mi hermana mediana Birdie llega entonces y saluda a los comensales que le sonríen con admiración. Ella, a diferencia de mí, es delicada y amable, siempre con una sonrisa y no con un gruñido. Las dos tenemos el cabello oscuro, yo más que ella y Mac, mi hermana pequeña, todavía más claro. Yo tengo los ojos marrones oscuros y ellas dos color miel. Yo soy fornida y grande, con formas redondeadas donde a algunos les gusta perderse y ellas delgadas y delicadas. Supongo que debemos ser de diferentes padres o la genética jugó a los dados. Aunque nunca lo sabremos. Mi madre murió cuando éramos pequeñas y tío Ben jamás suelta prenda.

Birdie es encantadora, yo, según mi hermana pequeña Mac, tengo una personalidad arrolladora. Pero es que debe de ser así. Si no aquí, entre lobos y hombres rudos, se nos comerían asadas con patatas. Incluso podría ser literal. No soy caperucita roja, soy el leñador. Aunque de poco me sirve. Estoy atrapada en esta ciudad pequeña y brumosa, coto y localización de una de las manadas más numerosas de licántropos de California, y, hay que reconocer, de todo el país. Solo a unas cinco horas de San Francisco, donde se asienta la Corte Negra de los vampiros. Vamos, el puto centro del lugar donde podría producirse una batalla sobrenatural. No sé qué pensó mi madre cuando se instaló en el pueblo. O era una inconsciente o tonta del todo.

Birdie me da un beso de buenos días y después me abraza. Aunque me revuelvo impaciente, ella no me suelta y acabo cediendo y dándole un achuchón. Como si no nos viéramos cada día y cada hora. Pero ella es así, tan buena que todos la adoran. Me giro hacia atrás y la miro.

—¿Y Mac? —pregunto sin dejar de ver cómo se van llenando las mesas. Ella me ayuda a servirlas. De momento quieren cafés, pero enseguida voy tomando nota de los abundantes desayunos.

—Hoy no se encontraba bien. Yo te ayudo.

Miro a la puerta malhumorada. Que se sienta mal no es una excusa para llegar tarde. O es que le encanta meterse en la cama y no salir. El café ya ha terminado de salir y tomo la jarra para ir sirviendo por las mesas. Birdie está preparando los pedidos que básicamente son los de siempre. Joe no me pierde de vista conforme voy de una mesa a otra. Empieza a ser demasiado molesto y ya no sé cómo decirle que me deje tranquila.

Como siempre, toma un buen plato de huevos, patatas, ensalada y bacon que mi hermana deja en el mostrador. Se lo acerco y él me sonríe con sus dientes perfectos, roza mi mano, con una leve caricia y hago lo posible por sacar una sonrisa. De todas formas, es uno de nuestros mejores clientes. Al girarme, vuelvo a poner mi cara de mal genio. Sirvo el resto de las mesas y, cuando me doy cuenta, son las diez y ni siquiera he desayunado.

Birdie saca un plato con bizcocho de zanahoria, así que me sirvo un café y tomo un buen pedazo, retándola para que me diga algo, pero sonríe y me da un beso en la mejilla. Ella ya lleva el cabello recogido en una coleta aunque cuando sale a la barra se quita el gracioso gorrito rosa que lleva en la cocina por higiene. Yo todavía llevo esa coleta mal peinada. Pasa la mano por mi cabello y se lleva mi café y mi trozo de bizcocho dentro.

—Ven a la cocina, Holly, que te hago una trenza.

La sigo, porque tengo hambre, aunque es cierto que me encanta como desenreda con suavidad y manos hábiles el nido de pájaros que suelo llevar. Empieza a trenzar algo que sale de mi nuca, que aparta de mi cara y deja un par de mechones sueltos a cada lado.

—Lista, Holly, estás preciosa. Joe se volverá loco al verte.

Bufo, y me meto un pedazo de bizcocho enorme en la boca.

—Si no quieres nada con él, tal vez deberías decírselo claro.

—¿Crees que no se lo he dicho? Ya no sé qué más hacer —digo con la boca llena de bizcocho—. Es un pesado. Tal vez me vaya con otro en su propia cara, aunque sería capaz de esperarme. Patético.

—Eres dura, Holly —suspira Birdie mientras echa varias hamburguesas a la plancha. A esa hora llegan algunos trabajadores de la fábrica cercana a almorzar. Y varios camiones están repostando.

—Soy como tengo que ser —digo y salgo con los botes de kétchup y mostaza para las hamburguesas.

Joe ya se ha ido y ha dejado el dinero del almuerzo con una sustanciosa propina. No, si encima el chico es hijo del dueño de uno de los principales almacenes de herramientas de la zona, que además tiene dinero para aburrir… pero es él el que me aburre. Demasiado manso, demasiado tranquilo para ser un licántropo. No, no es que quiera un neandertal, solo alguien con más… sangre en las venas.

Los trabajadores entran saludando. La mayoría son humanos aunque sí hay algún licos. Uno de ellos, el capataz, más maduro y de cabello oscuro y rizado, me saluda, guiñándome el ojo. Lleva viniendo aquí desde siempre y a veces me he preguntado si él podría ser mi padre. Aunque es un licos, y mi madre no lo era… pero quizá ocurrió. Nunca me ha dicho nada, así que tampoco voy a preguntarle. Estaría bueno.

—Oye, ¿te follaste a mi madre y eres mi padre?

Según Mac, mi madre se follaba a los que quería y por eso a saber de dónde venimos. Mi hermana pequeña tiene una gran personalidad y mucha  mala hostia. Birdie se cabrea cuando dice eso, pero en realidad, ninguna lo sabemos. Yo tenía siete años cuando murió, Birdie cuatro y Mac solo dos. Ya hace dieciocho de aquello y todavía recuerdo la desolación que sentí cuando tío Ben, que ya vivía con nosotras, nos dijo que había tenido un accidente cuando regresaba del hospital. Mi madre era médico. Por suerte, dijeron que murió en el acto y no sufrió. Respiro  hondo para tranquilizarme, porque este tema me enfurece. Es completamente injusto. 

Por fin entra Mac en el café, con la cabeza baja. Su cabello lacio y castaño oscuro le tapa media cara. Aunque es delgada, siempre fue muy fibrosa y se mantiene en forma a base de mal genio y que de vez en cuando toma clases de boxeo.

—¿Qué te pasa? —pregunto siguiéndola hasta la cocina. Ella levanta la cara y vemos el moratón bajo el ojo mal tapado con el maquillaje—. Maldita sea, Mac, ¿quién te ha hecho eso?

 —¿Quién ha sido, cariño? —pregunta Birdie haciéndola sentar en una de las banquetas de la cocina. Ella se encoge de hombros.

—Cosas que pasan. Él quedó peor.

Birdie chasquea la boca y corre a por una bolsa de  guisantes congelados que pone sobre el moretón. Luego, va corriendo al despacho y saca una pomada que tenemos contra los golpes, invento de tío Ben,  y se la pone alrededor del ojo. Mac suspira aliviada. Es una crema muy especial que nos ha venido de maravilla con tres niñas traviesas y sin un adulto que comprendiera que no deberíamos subirnos a los árboles.

—Y ahora, dime quién ha sido —digo furiosa. Mis nudillos están blancos y deseo golpear a alguien.

—Te aseguro que me sé arreglar sola, hermanita. Voy a cambiarme.

—Cabezota —exclamo porque sé que no va a decir nada. Salgo al salón y miro a todos con el rostro furioso. Algunos bajan la cabeza. Si alguien le hace algo a mis hermanas, tendría que vérselas conmigo.

La mañana transcurre tranquila, sin parar. Mac sale a servir algunas mesas y yo me tomo unos momentos de descanso. Me escapo por la puerta lateral a nuestra terraza interior que nunca usamos para el público. Es un amplio cuadrado con vallas de madera a la que le hace falta un repintado. Al principio, cuando mamá nos dejaba a cargo de tío Ben en el restaurante, nos quedábamos horas jugando aquí después del colegio. Mamá pasaba muchas horas en el hospital y Ben nos recogía después de clase, hasta que fui lo suficientemente mayor para encargarme de mis hermanas. No sé por qué mi madre compró el restaurante si ella no iba a llevarlo. Supongo que fue por mi tío.

Miro alrededor. Hemos pasado muchos días aquí, incluso cuando hemos sido mayores, que llevábamos al chico del momento para besuquearnos. La zona principal es un cuadrado de gravilla, con una mesa para seis, bancos y una barbacoa en un lado que no solemos usar. Hay algunas plantas que cuida Mac y un cobertizo con trastos y herramientas oxidadas donde colocamos una colchoneta para esos momentos íntimos. Total, Ben nunca lo abría. En un lado, pusimos una hamaca sobre dos postes y a Birdie le encanta tumbarse  y ver las estrellas en verano. Dos o tres árboles dan sombra en un rincón donde crecen flores y hay una zona de césped que ahora está algo raquítico. Allí, sobre una manta, también es un buen lugar para un revolcón.

Para mí es un sitio para fumarme un cigarro, sentarme encima de la mesa y mirar el bosque de Redwood, a dos pasos de la propiedad. Las secuoyas y otros árboles crecen con fuerza, con ganas, y no sé por qué razón, mirarlas me hace sentirme fuerte cada mañana, como si fueran un talismán, algo que perdura para siempre. Me relaja. Y los recuerdos que me trae este lugar.

En ese patio fue donde perdí mi virginidad con el chico más guapo de la ciudad. Tiro el cigarrillo al cenicero y muevo la cabeza cabreada. No vale la pena ni recordarlo.

Tío Ben se acerca cojeando, a sus casi ochenta se encuentra cada día más enfermo, mira el cenicero y frunce el ceño. Pero que él tenga cáncer de pulmón no significa que yo sí. Ni siquiera somos familia. Sé que no durará mucho más, pero ya he cumplido los veinticinco, soy capaz de cuidar esta familia.

—¿De mal genio, niña? —pregunta sentándose. Birdie lo ha seguido y le trae un café largo, sin azúcar y un trozo de bizcocho. Él se lo agradece con un suave gesto y ella le da un beso en la frente.

—La gente de aquí, que a veces me enerva. ¿Has visto a Mac? No me ha dicho quién le ha hecho eso.

—Porque no querrá que cojas la escopeta de caza y vayas a por él. Tu hermana pequeña es capaz de defenderse, y lo hizo, lo vi en su mirada.

—Pero no es normal que tenga una cita y que se líe a tortas. Solo tiene veinte años.

—Quién fue a hablar. Si tú te pegaste con el primer chico con el que saliste.

—No fue realmente así —digo recordando algo que me quito de la cabeza al instante.

—Mira, ahora que estamos solos quiero hablar contigo muy seriamente. Siéntate.

Me siento y lo miro a los ojos. Profundas ojeras moradas rodean su expresión y su rostro aparece macilento y con un tono verdoso. Está peor. Él sonríe con tristeza.

—Sí, cariño. Me muero. Tal vez sean dos meses, puede que seis, pero no pasaré de este año. Y como hermana mayor, has de saber ciertas cosas.

—¿Sobre nuestra madre? ¿Sobre cómo murió?

—Eso más adelante. Lo primero es decirte que, como bien sabes, mi ascendencia licántropa es del clan de los Wade, líderes de la región y es por eso por lo que habéis estado protegidas.

—¿A qué te refieres?

—A que pacté con el padre del actual alfa, mi primo segundo, para que os protegiera de todos los sobrenaturales que se os acercaran. Y a que tú deberás pactar con el actual alfa para cuidar de vosotras.

—¡Ni de casualidad! —me levanto de inmediato furiosa. Doy dos pasos por el patio, mirando a las secuoyas, abriendo y cerrando las manos, respirando para calmarme. Me vuelvo hacia Ben. —¿Por qué tengo que pactar? ¿Qué necesidad tenemos de ello? Creo que hay algo que no me cuentas y quiero saberlo.

—Hay muchas cosas que no te cuento, Holly, pero esa es la primera que tienes que comprender. Como cabeza de familia debes pactar y si es necesario someterte a él para que os proteja. Lo he hablado con él y está dispuesto si… lo haces.

—Qué más quisiera él que me sometiera —digo con sorna, porque llevo las uñas muy cortas, que si no, estarían sacando sangre de mis palmas.

—Escucha, Holly, Wayne Wade es un hombre razonable. Es un alfa justo y  no os va a someter de una forma extraña. Solo que…

—Solo que si a él le apetece, nos puede ordenar cualquier cosa. Y a mí nadie me ordena nada.

—Habla con él los términos, pero hazlo. Sabes que hay una paz inestable entre los vampiros y los lobos. Eso podría romperse de mil formas y causas, y con mucha facilidad.

—¿Y qué tiene que ver con nosotras, Ben? ¿Por qué mis hermanas o yo podríamos influir en ello?

—La historia es mucho más larga de lo que me dura este café. Prométemelo, Holly o si no estaréis en peligro. ¿No querrás que les pase algo a tus hermanas?

—Eso es un chantaje muy feo, Ben. Sabes que haría todo lo que fuera por ellas, pero no entiendo por qué someterme a un alfa pueda ser la solución.

—¡Porque te lo dijo yo! ¿Acaso no confías en mí? ¿No me conoces?

—Siempre nos has cuidado, Ben, más allá de lo que un padre podría hacer, sobre todo, cuando murió mamá. Pero me estás pidiendo algo que no comprendo y necesito entenderlo. Y, de todas formas, podríamos irnos de aquí, salir de Eureka. Tal vez mudarnos a San Francisco o a Los Ángeles.

—Nunca podréis huir de ellos —murmura Ben.

Un ruido enorme se escucha en el patio. Un cuervo se acababa de caer contra el suelo y gruñe aleteando. Me acerco a él, tal vez para ayudarle a volar, pero con una rapidez inusitada, Ben se levanta y lo aplasta con su bota. Doy un leve grito.

—¿Lo ves? Están enviando espías, tal vez incluso os hayan encontrado. Holly, esto es más grave de lo que piensas. Deberías someterte ya.

—Nunca, Ben. No me someteré a nadie, eso te lo prometo, como también te prometo que mantendré a mis hermanas a salvo, a costa de quien sea.

Me retiro al interior mientras veo de reojo que Ben saca su móvil y envía un mensaje. Secretos, siempre secretos. ¿Por qué no me cuenta la verdad de una puta vez? Jamás dejaré que ninguno de esos bichos se acerque a mis hermanas. Como me llamo Holly Rubens.

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