Skye Roan, escritora de romantasy sensual

Capítulo 1. Donde las sillas vuelan libres

Elena

—Señorita, es mejor que se esconda en el baño —dice el barman cuando empieza la pelea.

Una botella vuela hacia donde estoy y se estrella a solo dos pasos. El hombre, tras la barra, me señala las puertas abatibles que dan acceso a los lavabos y es que el bar, el Silver Star, está ambientando como un saloon de esos del antiguo Oeste americano. ¿Qué iba a esperar de un lugar perdido en Texas, cerca de la frontera con Luisiana?

Tomo la mochila, el botellín de cerveza y me pongo tras las puertas, observándolo todo con cierta diversión. No dejan de ser unos chavales con las hormonas a nivel máximo. Es cierto que son grandes, altos y parecen sacados todos de un gimnasio, pero en sus ojos veo que no tendrán más de veinticinco.

Otra botella se dirige hacia mí y me aparto. Los puños vuelan, como las sillas que se rompen en espaldas, como si no les importase. Desde luego, son chicos fuertes, algunos caen al suelo, y vuelven a levantarse como si nada. Cuento ocho, cinco contra tres, por lo visto, algo que al tipo con cabello castaño que ha intentado ligar conmigo antes, le importa un bledo. Aunque le sale sangre de la nariz, sonríe divertido.

Me escondo un poco más adentro cuando la pelea se desplaza frente a la barra. ¿A quién se le ocurre entrar en ese bar de pueblo sino a una chica de Orlando, Florida, a la que le pareció algo original y curioso?

Llegué a Silver Ridge el día anterior y después de patearme la ciudad, me hablaron de Wolf Creek. Siendo veterinaria, que una ciudad llevase el nombre de un animal, hizo que fuera digna de ver. Aunque, la verdad, era muy pequeña, con dos bares, uno cerrado, un restaurante y pocas tiendas. Según había visto en el mapa, es un punto central entre los ranchos que se supone que iba a atender, ya que su mentor, el veterinario jubilado que la había llamado, cubría toda la zona y ¡vaya zona grande!

Como quería hacerme con el ambiente, y total solo estaba a diez millas, había llegado allí, dado una mini vuelta y me metí en el bar. Ese chico, el peleón sonriente que dijo que se llamaba Abraham, intentó ligar conmigo hasta que entraron los otros cinco. Entonces, perdió el interés en mi persona para ir a provocar a otro chico, más o menos de su edad, con el cabello más claro e igual de alto que él. No tenía ni idea de por qué habían empezado, y comenzaron a empujones hasta que… llegó el primer puñetazo.

Y allí estoy, escondida y cabreada, al mismo tiempo que asombrada y divertida, porque estos neandertales están peleando y no me dejan salir. Espero que no sea así todos los días. Al menos, Silver Ridge parece más tranquila. O eso deseo.

El motor de un coche grande se escucha, con un derrape y frenada justo delante del bar. Igual llega la policía. Me ha parecido ver que el barman avisaba por teléfono. Asomo la cabeza y las puertas batientes que dan a la calle se abren de par en par y entra un hombre que ocupa la sala solo con su presencia. Alto hasta rozar el marco de la puerta, fornido no de gimnasio, sino de trabajo duro. Cabello oscuro, barba corta y ojos tremendamente claros. Lleva una camiseta negra de trabajo que ajusta sus hombros anchos y vaqueros sucios con botas. Mira alrededor y un estremecimiento me recorre por todo el cuerpo, por lo que me escondo más allá del pasillo que va al baño.

—¿Se puede saber qué coño hacéis? —grita con una voz ronca y potente que me pone la piel de gallina.

Los que se estaban pegando paran ipso facto. El chico ligón, con un ojo morado y sangre en la nariz, deja la camisa del otro y le sacude un inexistente polvo de su pecho.

—Nada, Jackson, divertirnos —contesta el tal Abraham. Los dos que le acompañaban bajan la cabeza y se ponen a un lado. Los otros cinco, encabezados por el rubio que lleva sangre en la ceja y el ojo morado, se colocan al lado de Abraham.

—Eso es. Solo hablábamos —dice el otro.

—¡Puto Lewis! Voy a hablar con tu hermano y te va a castigar, como yo a este.

—No es para tanto, Jackson —dice Abraham. Así que estos dos son hermanos. Casi me da la risa.

—Claro que es para tanto, habéis destrozado el local de Ned ¡otra vez!, y suerte que no había nadie y no ha salido herido. ¡Joder, Abraham!

El chico mira hacia el baño y yo me oculto. Una media sonrisa sale de su boca, aunque hace una mueca, tal vez lleva el labio partido.

—¡Todos a casa! Ned, ya me pasarás la cuenta y disculpa.

—Ya sé qué pasa, Jackson, no te preocupes. Que tú no fueras un pendenciero como tu hermano no significa que ellos no salgan a divertirse.

El tipo moreno sube una ceja y mueve la cabeza con impaciencia. Está para mojar pan. Para mojar todo. Para embadurnarlo de aceite de coco y dejarlo desnudo y resbaloso sobre mi cama, para… dejo de usar mi imaginación y vuelvo a mirar. Se ha apoyado con las manos en la barra y se ven fuertes, grandes y con dedos con personalidad. Yo juzgo a los hombres por sus manos, no me agradan los que las tienen blandas, lo asocio con el sexo. Y con este ejemplar, ¡caramba! Se le veía con pintas de empotrar. Me eché la bronca por excitarme. No has venido aquí a follar, me digo, aunque bueno, tengo que reconocer que hasta ahora nunca había sentido lo que tenía que sentir con nadie. Los hombres que he visto aquí me producen escalofríos, sobre todo, el grande.

El tipo se vuelve hacia mí, olfateando o eso me ha parecido, suerte que he sido rápida, porque mueve la cabeza de nuevo hacia ellos y señala la puerta, haciendo salir a todos los muchachos. Una última mirada hacia el interior me hace estremecer y no de frío y, por fin, se marcha.

—Ya puede salir, señorita.

—Caramba con los chavales de este pueblo —digo sentándome en la barra.

—Son los pequeños de los ranchos Lone Star y Blackstone Wells. El que ha entrado es el al…, el dueño del Lone Star y ahora patriarca de la familia Steele.

—Oh, vaya. Yo soy Elena Carter, la nueva veterinaria.

No sabía si alegrarme o preocuparme por tener que tratar con él.

—No se asuste, señorita, son buena gente. Los más jóvenes son algo buscalíos, pero están bien controlados por sus hermanos mayores. Se encontrará a gusto trabajando con ellos.

—Sí, James me dijo que no tendría problemas.

Él sonríe, contándose un chiste que solo él sabe, así que me siento para acabarme la cerveza y va a por una escoba. Una mujer entra corriendo en el bar, con el cabello en una coleta y un mono manchado de grasa. Enseguida sale el hombre de atrás para recibir a la recién llegada.

—Ned, ¿mi hermano?

—Tranquila, Reese, Jackson los mandó para casa. Sabía que andaba cerca y lo llamé.

—Ya nos mandarás la cuenta de los destrozos. Estos cachorros son indomables —bufa.

Ned hace un gesto, señalándome.

—Elena Carter, la nueva veterinaria.

La mujer se vuelve y puedo observarla bien. Es alta, delgada pero atlética. Lleva una pequeña mancha de grasa en la cara y el cabello en una trenza despeinada.

—Soy Reese Hayes, del rancho Blackstone. Supongo que nos veremos a partir de ahora.

—Encantada —digo tendiéndole la mano. Reese la alarga, pero luego se da cuenta de que la llevaba manchada y la retira.

—Perdona, estaba con el motor de un camión cuando me he enterado.

—Venga, Reese, te invito a una cerveza, por el viaje —dice Ned sonriendo. El tipo no es mucho mayor que nosotras y se ve atractivo, con su cabello castaño rojizo, pecas y un hoyuelo en el centro de la barbilla. A la legua se nota que está colado por la mujer.

—Vale, solo una y sin alcohol, he venido en la moto.

Se sienta junto a mí y al instante, sé que seremos amigas.

—¿Así que veterinaria?

—¿Así que mecánica?

Los tres nos echamos a reír.

—Empieza tú, forastera —dice con una sonrisa genuina.

—Desde que era bien pequeña me gustaron los animales y cuando fui mayor, lo tenía claro, quería ser veterinaria, pero no de perritos y gatitos, que eso está bien, sino de animales grandes. Me fui tres años a Etiopía, Ghana, y otros países.

—¡Caramba! ¿Le metiste el puño en el culo a un elefante? —La miro sorprendida y se echa a reír, y tanto Ned como yo la acompañamos. Me encojo de hombros—. Pues aquí solo vas a encontrar caballos y vacas.

—Me va bien, para cambiar —digo y Reese me observa en silencio. Sabe que hay algo más, pero lo respeta. Eso me gusta.

—¿Y entonces, tú?

—Mi madre murió cuando tenía diez años, me criaron mi padre y mis dos hermanos y, sinceramente, nunca me gustó jugar a muñecas, sino montar a caballo y arreglar motores. Mi hermano mayor, el al… Richard, dijo que estaba bien aprenderlo.

—¿Sueles obedecer a tus hermanos?

—No mucho, pero aceptó porque no le quedaba otro remedio. Soy muy cabezota. Eso de los vestiditos y los lazos no me van. Creo que no nací para ser femenina.

—Eres muy femenina —dice Ned afirmando con convicción. Ella se sonroja y yo aguanto la risa.

—A mí tampoco me gusta demasiado ir de minifaldas y tacones, pero alguna vez… lo disfruto —comento para evitar el momento incómodo.

—Entonces, ¿te quedarás?

—Si no se ha asustado por la pelea…

—Mi hermano Lewis y ese Abraham Steele están todo el día a la greña. O se dan de hostias o se emborrachan juntos. No hay quien los entienda, y vuelven loco a su hermano mayor, Jackson y al mío que hoy viajó a la capital, por eso he venido yo.

—Y yo me alegro, así te he conocido —digo sonriendo.

—Yo también me alegro de verte, Reese, vienes poco por aquí.

—Llevar un rancho y ser mano derecha es demasiado trabajo —dice ella suspirando.

—¿Y no te diviertes?

—La fiesta de la primavera es en dos semanas, en la plaza de Silver Ridge. Podíamos ir los tres juntos, si… os apetece —dice Ned.

—Me encantaría, así me enseñaríais el ambiente. ¡Anímate, Reese!

—Bueno, es posible. Toma mi móvil y así quedamos.

Compartimos nuestros números y Reese se levanta. Echa las manos al bolsillo.

—Apúntamelo a la cuenta, Ned, no cogí la cartera.

—Yo invito —digo—, así el próximo día no te libras de invitarme y de ir a la fiesta.

—Está bien. Seguro que nos vemos, imagino que James te traerá para presentarte. Tanto Jackson como Richard son dos tipos serios, pero si haces bien tu trabajo, que, seguro que lo harás, no tendrán problema contigo.

—Gracias por el consejo.

Se va y Ned suspira. Lo miro con una sonrisa.

—¿Desde cuánto tiempo estás colado por ella?

—Demasiado, Elena. Pero ella no es muy… creo que ella no es para mí, ¿sabes? Le caigo bien y me ve como amigo, nada más.

—Entonces, el tipo grande que ha venido…

—Jackson Steele. Acojona cuando está de mal humor, algo que suele pasarle a menudo, pero es buena persona. Mis padres lo tenían en gran aprecio. La verdad es que hace mucho por la comunidad. No te asustes.

—Joder, casi lo empiezo a hacer.

—Gruñe mucho, muerde poco, o como se diga.

—Está bien, me voy para Silver Ridge, tengo un pequeño apartamento alquilado.

—¿Dónde?

—En La Casa de Elisabeth, me lo recomendó James.

—Ah, bueno sí, escuché recientemente que se dedicaba a alquilar habitaciones.

—No pareces muy convencido. ¿Tiene mala fama?

—No, no. Es honrada, solo que, si no te gustan ese tipo de temas, los esotéricos, tal vez no te sientas cómoda.

—Cada cual puede creer en lo que quiera. Ni me molesta, ni me gusta, me resulta indiferente, pero la habitación es acogedora, tiene una gran cama, baño y cocina. Y, sobre todo, está muy limpia y no huele mal.

—Perfecto. ¿Quieres apuntarte mi teléfono? Solo por si algún día necesitas algo. Es bueno tener conocidos en la zona, aparte de Reese.

—Muchas gracias, Ned. La verdad es que desde que he llegado, todo el mundo ha sido muy amable.

—¿Te ha pasado en otros sitios, que la gente ha sido amable contigo?

—La verdad es que sí. Incluso en aquellos poblados africanos donde no habían visto una mujer blanca, siempre fueron encantadores.

—Eso te demuestra que no es quien te encuentras, sino la luz que tú emites.

Sonrío, sorprendida.

—Eres un tío estupendo, no sé qué hace Reese que no se da cuenta.

Me aúpo en la barra y le doy un beso en la mejilla. Insisto en pagar las cervezas y salgo a la noche. Hay luna llena y el cielo está cuajado de estrellas. Escucho algo de ruido alrededor, y me digo que son ruidos de la noche, así que me meto en mi destartalado coche y me voy para la otra ciudad. Mañana empiezo el tour por los diferentes ranchos. Y tengo mucha, mucha curiosidad.

Puedes conseguirlo en Amazon: https://amzn.to/4iZ4JxM

No responses yet

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Latest Comments

No hay comentarios que mostrar.